
Han tomado al arte por el cuello, o si para el caso suena mejor, de las pelotas.
Desde hace mucho tiempo, un sector del país (La clase adinerada) que tiene acceso a todo lo que el dinero le puede permitir, ha planteado las reglas del arte, nos ha mostrado durante décadas una forma de hacer las cosas, una forma que nosotros los artistas hemos asimilado cual esclavos, después de todo, no teníamos otra opción, ellos aprietan los testículos de todo aquel que quiera oponerse o desviarse del camino ya trazado. Esto ha creado un estancamiento y agotamiento del arte actual, destinado a trabajar de una manera, restringiéndole su naturaleza creadora y revolucionaria, pobre arte, o arte pobre, torturado a ver programas de televisión que atrofiaban su instinto protestante, condenado a recibir educación artística de importación, contribuyendo a una visión alienante del arte, pobre, durante mucho tiempo no ha podido producir nada con carácter de identidad, era comprensible, ha estado perdiendo el rumbo de su esencia, llenado de impurezas en cada bocado de su alimento, pobre, el arte ha sido una víctima de quienes controlan el dinero.
Nosotros, quienes nos envolvimos con este arte debilitado, creamos dioses de papel, pero tampoco era culpa nuestra, con esa religiosidad hemos crecido en cada clase, en los pasillos, en los libros que nos dieron de comer… nos han metido la religiosidad y la obediencia por todos los orificios, no nos han permitido ser libres, ¿Cómo podríamos si ellos tenían el poder sobre nosotros? Estábamos condenados.
Pero en la rutina del esfuerzo por seguir adelante, el arte, aún prisionero y mecánico, ha tenido tiempo para reflexionar, pero desde el agotamiento, después de haber producido mecánicamente piezas sin sentido social, sin estremecer el sentir de las masas, un último respiro le ha planteado la pregunta: ¿Es justa esta esclavitud? Y como si fuera un coro de conciencias, nosotros también hemos repetido ¿Es justa esta esclavitud? Y le agregamos más intriga diciendo ¿Debo estudiar cinco años para hacer esto que ya se hace, esto que quiere competir con la televisión? Y entonces surgieron cientos de preguntas ¿Para qué estudiar arte, sólo porque me gusta, o es que acaso el arte nació con un propósito? ¿Cuál es el propósito del arte? ¿Es el fin del arte el continuismo? ¿El arte debe trabajar para el mercado, o debe generar su mercado? ¿Cómo afrontar este mercado ya establecido por los que controlan los poderes económicos? ¿Puede el arte enseñarse fuera de las escuelas de arte, por qué no se hace? ¿Cuáles son los aportes del arte en las últimas décadas? ¿Ha logrado representar algo que no sea desde una perspectiva individualista? ¿Cómo articular los casos aislados de estos mártires del arte? ¿Existe una perspectiva de arte peruano? ¿Si existe tal, cómo ha logrado esta sobrevivir, por encima de nuestra educación tradicional europea en los niveles educativos, primaria y secundaria? ¿Qué debe plantearse en una nueva escuela? ¿Qué visión se debe dar? ¿Cuál es el objetivo de esta nueva forma de hacer las cosas? ¿De qué manera el arte debe volver a sentirse libre, sin el temor de que sienta nuevamente los grilletes? Esta y muchos otras preguntas, comenzaron a brotar por nuestros poros, y concordamos en planificar y estudiar, era la única manera de ser libres.
Durante cinco años nos hemos dedicado a estudiar nuestro pasado y replantear nuestro accionar, hoy en día, el arte está listo para un nuevo comienzo, una nueva orientación, en busca de la transformación escénica y social de Perú, el arte libre de cadenas, se somete a un entrenamiento riguroso, para luchar por decir lo que debe decir, no sólo para entretener como creen algunos, sino para juzgar, cuestionar y plantear soluciones colectivas, es decir, para revolucionar desde el campo escénico.
Eddy Martínez Ramírez
Dirección